Trabajo en equipo en el mundo artístico: actitud, cuidado y el síndrome de la manzana sana

He trabajado en equipos donde casi todo estaba bien.
Gente implicada, proyectos que avanzaban, objetivos alcanzados con esfuerzo real. Espacios donde se notaba que había ganas de construir algo juntos.
Me ha pasado tanto en entornos empresariales como en proyectos creativos y artísticos. Cambian las estructuras, cambian los formatos, pero la dinámica es la misma.
Y aun así, más de una vez, el ambiente se ha ido torciendo poco a poco.
No por falta de talento.
No por falta de ideas.
Sino porque una actitud concreta empezaba a pesar más que todo lo demás.
No siempre es evidente. No hay gritos ni conflictos abiertos. A veces es solo una forma de estar: comentarios que pinchan, silencios incómodos, una necesidad constante de demostrar algo que no tiene que ver con el proyecto, sino con una frustración personal mal resuelta.
Ahí es donde entiendes algo incómodo: en un equipo, una sola actitud puede cambiarlo todo.
Cuando el ego no rompe, pero desgasta.
No hablo de personas malas ni de villanos de manual.
Hablo de algo mucho más común y más difícil de señalar: personas válidas, incluso brillantes, que no saben gestionar su propio malestar y acaban trasladándolo al entorno.
Personas que relativizan los logros ajenos.
Que cuestionan todo sin aportar soluciones.
Que necesitan tener razón más que avanzar.
No buscan mejorar el proyecto.
Buscan aliviar su propia incomodidad.
Y eso no destruye un equipo de golpe. Lo va desgastando. Hace que cada reto conseguido pierda valor, que cada avance se viva con cautela, como si celebrar fuera una imprudencia.
A veces lo explico con una imagen muy sencilla.
Cuando tienes varias manzanas juntas y una empieza a estropearse, no hace falta que esté completamente dañada para afectar al resto. Basta con que algo esté mal por dentro. Si no se separa a tiempo, el proceso se extiende.
No por maldad. Por cercanía.
En los equipos pasa algo parecido.
Una actitud cargada de frustración, de cinismo o de ego no se queda quieta. Se filtra. Empieza a alterar el tono de las conversaciones, la forma de celebrar los logros, la confianza.
Y lo más peligroso es que ese contagio no siempre se percibe al principio. Cuando te das cuenta, el ambiente ya no es el mismo.
No todos los equipos funcionan así. Y eso también lo he vivido.
También he trabajado en lugares donde había diferencias, roces y momentos difíciles. Donde no todo era fácil ni fluido. Pero donde existía algo esencial: cuidado.
Personas que sabían hablar claro sin humillar.
Que ponían límites sin despreciar.
Que entendían que el proyecto estaba por encima del ego individual.
En esos equipos los problemas no desaparecían, pero no se volvían contra las personas. Había errores, pero no miedo. Había tensión, pero no desgaste constante.
Ahí entendí algo importante: la salud de un equipo no depende de que todo vaya bien, sino de cómo se sostiene cuando algo no va bien.
El concepto de manzana sana se usa para describir a esa persona que no necesita ocupar todo el espacio para ser valiosa.
No es la que más brilla.
No es la que más habla.
Es la que mantiene el equilibrio.
La que cuida el ambiente sin hacerlo notar.
La que suma sin imponerse.
La que entiende que crear en equipo no es competir, sino convivir.
En proyectos creativos y también en empresas, esa figura es más importante de lo que parece. Porque cuando el entorno es estable, el trabajo avanza. Y cuando no lo es, el talento se queda corto.
Crear juntos también implica responsabilidad emocional.
Trabajar en equipo no es solo cumplir tareas o entregar resultados. Es asumir que tu forma de estar afecta. Que lo que dices y cómo lo dices, deja huella. Que tu manera de relacionarte condiciona el día a día de los demás.
No todos los proyectos son para siempre.
No todas las colaboraciones funcionan.
Y saber marcharse a tiempo también es una forma de respeto.
Pero quedarse para desgastar, para imponer o para resolver conflictos personales dentro de un proyecto común no es profesionalidad. Es trasladar un peso que no corresponde al equipo.
Y cuando nadie se hace cargo de eso, el desgaste acaba siendo colectivo.
Elegir bien no es excluir, es proteger.
Con el tiempo aprendes que elegir con quién trabajar no tiene que ver con elitismo ni con cerrar puertas. Tiene que ver con proteger el espacio donde vas a pasar muchas horas, muchas decisiones y mucha energía.
A veces elegir bien significa decir que no a alguien muy talentoso, pero incapaz de trabajar sin tensar el ambiente. O aceptar que un proyecto atractivo sobre el papel no compensa si cada reunión te deja agotado. O entender que no todo lo que suma currículum suma tranquilidad.
No es una decisión cómoda.
Pero evita muchos problemas después.
Porque el desgaste silencioso no se nota el primer día, pero acaba pasando factura. Y cuando la actitud pesa más que el trabajo, el problema deja de ser técnico y pasa a ser humano.
No siempre podemos evitar las manzanas dañadas.
Pero sí podemos elegir qué tipo de manzana queremos ser.
Entrar a un proyecto para sumar.
Quedarnos mientras cuidamos.
Y salir cuando ya no estamos aportando nada bueno.
Porque el talento puede impresionar.
Pero la actitud es lo que sostiene todo cuando nadie está mirando.