Todo pasa por algo.

Todo pasa por algo.

Cuadro abstracto en blanco y negro con grietas y textura – lámina moderna para decoración elegante

Si, soy de las personas ,que creen que todo pasa por algo. No como frase hecha ni como consuelo fácil, lo creo porque con el tiempo siempre termino entendiendo por qué algo entró en mi vida y por qué, en algún momento, cambió de forma.

He acumulado cicatrices y sí, las adoro, no porque me guste el dolor sino porque cada una me recuerda que hubo un instante en el que algo me transformó, que algo me obligó a mirar distinto, que algo me enseñó una verdad que antes no veía.

Durante años confundí insistir con ser fuerte, pensaba que si algo se complicaba había que luchar más, que si algo empezaba con ilusión debía sostenerse hasta que funcionara, que rendirse era una forma de debilidad.

Con el tiempo entendí que no todo lo que cuesta merece ser sostenido y que no todo lo que duele es señal de que hay que marcharse.

Me pasa con el arte, a veces, por alguna razón que ni yo misma sé explicar, me empeño. Hay obras que atraviesan una fase incómoda y algo en mí me dice que no las suelte, las dejo reposar, vuelvo a ellas semanas después, incluso meses, y cuando las retomo las miro distinto, las trabajo con más calma y acaban siendo piezas que hoy me encantan, obras que necesitaban tiempo, no abandono.

Pero también hay otras que no, obras que se quedaron a medio camino porque simplemente no estaban vivas. Podía insistir, corregir, retocar mil veces y aun así no había verdad debajo, y cuando algo no respira se nota, se vuelve correcto pero sin alma.

Aceptar eso me costó más que empezar cualquier proyecto nuevo.

En las relaciones ocurre algo parecido, siempre he sido de pelear, de hablar, de revisar, de no irme al primer conflicto. Sigo creyendo en el amor, sí, soy de las antiguas, de las que piensan que cuando hay amor de verdad merece la pena luchar, que no todo se abandona al primer temblor, que algunas historias se fortalecen cuando atraviesan crisis.

Pero también aprendí algo que no siempre es cómodo admitir, el amor no basta si no se trabaja, la intención sin acción no transforma nada.

Luchar por amor tiene sentido cuando el amor también lucha, cuando ambas partes están dispuestas a revisarse, cuando hay responsabilidad compartida, cuando existe una voluntad real de cambiar dinámicas y no solo de justificarlas.

Hubo momentos en mi vida en los que intenté sostener más de lo que me correspondía, no por falta de amor sino porque me costaba aceptar que no todo depende de una, pensaba que si explicaba mejor, si tenía más paciencia, si insistía lo suficiente el equilibrio aparecería.

Con el tiempo entendí que el equilibrio no se construye solo.

Esas experiencias dejaron marca, no de fracaso sino de conciencia, me enseñaron que hay una diferencia clara entre atravesar una montaña juntos y arrastrar algo sola, y cuando reconoces esa diferencia ya no puedes ignorarla.

La confusión aparece porque el crecimiento y el desgaste se parecen mucho desde dentro, ambos incomodan, ambos generan dudas, ambos te hacen preguntarte si merece la pena seguir. La clave, al menos para mí, ha sido observar qué ocurre después del esfuerzo, si después de hablar hay más claridad, más conexión, más responsabilidad compartida entonces hay algo vivo, si después de intentarlo solo queda cansancio y repetición probablemente no es un proceso, es un ciclo.

Las cicatrices me recuerdan eso, no me hablan de derrota sino de decisiones tomadas con la información que tenía en ese momento, me recuerdan que incluso lo que no duró tuvo sentido, que incluso lo que terminó me preparó para entender mejor lo que sí quiero sostener.

Hoy no veo la lucha como algo romántico ni heroico, la veo como una decisión consciente, si algo se complica pero hay evolución real me quedo, si algo se complica y no hay movimiento reviso, y si después de revisar no hay cambio también sé que soltar puede ser una forma de respeto.

Porque no todo está hecho para quedarse y eso no invalida lo vivido, hay proyectos que existen para enseñarte límites, hay relaciones que llegan para mostrarte lo que no quieres repetir, hay obras que nunca se terminan pero te preparan para la siguiente.

Sigo creyendo en el amor, creo en la lucha cuando hay compromiso, creo en atravesar tormentas cuando hay voluntad de crecer juntos, pero ya no confundo amor con sacrificio infinito ni esfuerzo con resultado garantizado.

Hoy sé que luchar tiene sentido cuando hay crecimiento compartido y que soltar tiene sentido cuando no lo hay, no es frialdad, es aprendizaje, es la diferencia entre insistir por miedo e insistir por convicción.

Todo pasa por algo, incluso aquello que cambia de forma, incluso aquello que no continúa como imaginabas, las cicatrices no me recuerdan lo que perdí sino lo que entendí, y entenderlo sin miedo también es una forma de amor.

 

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